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Raza Raza, término que se utiliza para clasificar a la humanidad de acuerdo a características físicas y genéticas. El concepto de raza no resulta particularmente útil desde el punto de vista biológico o sociológico, ya que todas las razas pertenecen a una única especie biológica, Homo sapiens, y sólo muestran pequeñas variaciones genéticas. La cultura constituye un factor mucho más importante a la hora de determinar la conducta y estilo de vida de los diferentes grupos humanos. El término raza es polémico por las nociones de superioridad e inferioridad que lleva implícitas. La raza constituyó la justificación para implantar el estado de esclavitud, la persecución de minorías y otros grupos sociales, como la del pueblo judío durante la Alemania nazi, o el sistema de apartheid en Sudáfrica. Históricamente, los antropólogos físicos (véase Antropología) habían dividido a la humanidad, atendiendo a sus rasgos morfológicos, en tres grandes subdivisiones o razas: negroide, mongoloide y caucasiana. Algunos científicos fueron más allá añadiendo la amerindia y la oceánica. Como concepto biológico, la raza era más evidente cuando las diferencias hacían referencia a los rasgos morfológicos, como la pigmentación de la piel, el color, forma y grosor del cabello, la forma de la nariz o la estructura corporal. La aparición del análisis genético vino a refutar esta idea. Antes de esta definición, la clasificación de las razas dependía de una combinación de factores geográficos, ecológicos y morfológicos. En la segunda mitad del siglo XX, las investigaciones sobre las distribuciones de frecuencias de genes invalidó este enfoque. Concebir fronteras nítidas entre las diferentes razas era posible desde el punto de vista morfológico, pero la utilización del análisis genético demostró que las variantes hereditarias eran indiferentes a tales delimitaciones, permitiendo a las razas entremezclarse a través de otras formas intermedias. Hoy, a la vista de su movilidad e interrelación cada vez mayor, es patente su número infinito. El concepto de raza, invalidado por la moderna investigación genética, no ha desaparecido del todo. Algunos eruditos todavía lo utilizan; sin embargo, muchos expertos lo desaconsejan, incluso como idea científica, debido a sus connotaciones políticas y al auge que están teniendo algunas ideologías racistas (Véase también Racismo) en algunos países de Europa occidental. Raza e historia Raza e historia es un famoso ensayo-manifiesto que el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss escribió en 1952 por encargo de la UNESCO para contribuir al programa de lucha contra el racismo. El capítulo primero, “Raza y cultura”, es un escrito clásico sobre el racismo como “teoría y práctica indefendibles” y carentes de fundamento científico. En este capítulo Lévi-Strauss es capaz de vislumbrar otras cuestiones que hoy son igualmente graves y urgentes, como los conflictos que surgen por las diferencias culturales entre los múltiples y variados grupos étnicos de todo el mundo. Fragmento de Raza e historia. De Claude Lévi-Strauss.
1. Raza y cultura. Hablar de la contribución de las razas humanas a la civilización mundial podría causar sorpresa en una serie de capítulos destinados a luchar contra el prejuicio racista. Sería vano haber consagrado tanto talento y tantos esfuerzos en demostrar que nada, en el estado actual de la ciencia, permite afirmar la superioridad o inferioridad intelectual de una raza con respecto a otra, si solamente fuera para devolver subrepticiamente consistencia a la noción de raza, queriendo demostrar así que los grandes grupos étnicos que componen la humanidad han aportado, en tanto que tales, contribuciones específicas al patrimonio común. Pero nada más lejos de nuestro propósito que una empresa tal, que únicamente llevaría a formular la doctrina racista a la inversa. Cuando se intenta caracterizar las razas biológicas por propiedades psicológicas particulares, uno se aleja tanto de la verdad científica definiéndolas de manera positiva como negativa. No hay que olvidar que Gobineau, a quien la historia ha hecho el padre de las teorías racistas, no concebía sin embargo, la «desigualdad de las razas humanas» de manera cuantitativa, sino cualitativa: para él las grandes razas primitivas que formaban la humanidad en sus comienzos —blanca, amarilla y negra— no eran tan desiguales en valor absoluto como diversas en sus aptitudes particulares. La tara de la degeneración se vinculaba para él al fenómeno del mestizaje, antes que a la posición de cada raza en una escala de valores común a todas ellas. Esta tara estaba destinada pues a castigar a la humanidad entera, condenada sin distinción de raza, a un mestizaje cada vez más estimulado. Pero el pecado original de la antropología consiste en la confusión entre la noción puramente biológica de raza (suponiendo además, que incluso en este terreno limitado, esta noción pueda aspirar a la objetividad, lo que la genética moderna pone en duda) y las producciones sociológicas y psicológicas de las culturas humanas. Ha bastado a Gobineau haberlo cometido, para encontrarse encerrado en el círculo infernal que conduce de un error intelectual, sin excluir la buena fe, a la legitimación involuntaria de todas las tentativas de discriminación y de explotación. Por eso, cuando hablamos en este estudio de la contribución de las razas humanas a la civilización, no queremos decir que las aportaciones culturales de Asia o de Europa, de África o de América sean únicas por el hecho de que estos continentes estén, en conjunto, poblados por habitantes de orígenes raciales distintos. Si esta particularidad existe —lo que no es dudoso— se debe a circunstancias geográficas, históricas y sociológicas, no a aptitudes distintas ligadas a la constitución anatómica o fisiológica de los negros, los amarillos o los blancos. Pero nos ha parecido que, en la medida en que esta serie de capítulos intentaba corregir este punto de vista negativo, corría el riesgo a la vez de relegar a un segundo plano un aspecto igualmente fundamental de la vida de la humanidad: a saber, que ésta no se desarrolla bajo el régimen de una monotonía uniforme, sino a través de modos extraordinariamente diversificados de sociedades y de civilizaciones. Esta diversidad intelectual, estética y sociológica, no está unida por ninguna relación de causa-efecto a la que existe en el plano biológico, entre ciertos aspectos observables de agrupaciones humanas; son paralelas solamente en otro terreno. Pero aquella diversidad se distingue por dos caracteres importantes a la vez. En primer lugar, tiene otro orden de valores. Existen muchas más culturas humanas que razas humanas, puesto que las primeras se cuentan por millares y las segundas por unidades: dos culturas elaboradas por hombres que pertenecen a la misma raza pueden diferir tanto o más que dos culturas que dependen de grupos racialmente alejados. En segundo lugar, a la inversa de la diversidad entre las razas, que presenta como principal interés el de su origen y el de su distribución en el espacio, la diversidad entre las culturas plantea numerosos problemas, porque uno puede preguntarse si esta cuestión constituye una ventaja o un inconveniente para la humanidad, cuestión general que, por supuesto, se subdivide en muchas otras. Al fin y al cabo, hay que preguntarse en qué consiste esta diversidad, a riesgo de ver los prejuicios racistas, apenas desarraigados de su base biológica, renacer en un terreno nuevo. Porque sería en vano haber obtenido del hombre de la calle una renuncia a atribuir un significado intelectual o moral al hecho de tener la piel negra o blanca, el cabello liso o rizado, por no mencionar otra cuestión a la que el hombre se aferra inmediatamente por experiencia probada: si no existen aptitudes raciales innatas, ¿cómo explicar que la civilización desarrollada por el hombre blanco haya hecho los inmensos progresos que sabemos, mientras que las de pueblos de color han quedado atrás, unas a mitad de camino y otras castigadas con un retraso que se cifra en miles o en decenas de miles de años? Luego no podemos pretender haber resuelto el problema de la desigualdad de razas humanas negándolo, si no se examina tampoco el de la desigualdad —o el de la diversidad— de culturas humanas que, de hecho si no de derecho, está en la conciencia pública estrechamente ligado a él. Fuente: Lévi-Strauss, Claude. Raza y cultura. Colección Teorema. Madrid: Ediciones Cátedra, 1996. Estado Estado, denominación que reciben las entidades políticas soberanas sobre un determinado territorio, su conjunto de organizaciones de gobierno y, por extensión, su propio territorio. La característica distintiva del Estado moderno es la soberanía, reconocimiento efectivo, tanto dentro del propio Estado como por parte de los demás, de que su autoridad gubernativa es suprema. En los estados federales, este principio se ve modificado en el sentido de que ciertos derechos y autoridades de las entidades federadas, como los länder en Alemania, los estados en Estados Unidos, Venezuela, Brasil o México, no son delegados por un gobierno federal central, sino que se derivan de una constitución. El gobierno federal, sin embargo, está reconocido como soberano a escala internacional, por lo que las constituciones suelen delegar todos los derechos de actuación externa a la autoridad central. Aunque el siglo XX ha sido escenario del nacimiento de muchas instituciones internacionales, el Estado soberano sigue siendo el componente principal del sistema político internacional. Desde esta perspectiva, un Estado nace cuando un número suficiente de otros estados lo reconocen como tal. En época moderna, la admisión en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y en otros organismos internacionales proporciona una constancia eficiente de que se ha alcanzado la categoría de Estado. La ONU es una de las muchas instituciones que han surgido de la creciente interdependencia de los estados. El Derecho internacional ha proporcionado durante siglos un modo de introducir cierto margen de pronóstico y orden en lo que, en un sentido técnico, constituye todavía un sistema anárquico de relaciones internacionales. Otros vínculos internacionales son posibles gracias a tratados, tanto bilaterales como multilaterales, alianzas, uniones aduaneras, y otras uniones voluntarias realizadas para mutuo beneficio de las partes implicadas. No obstante, los estados disponen de libertad para anular estos vínculos, y sólo el poder de otros estados puede impedírselo. En el plano nacional, el papel del Estado es proporcionar un marco de ley y orden en el que su población pueda vivir de manera segura, y administrar todos los aspectos que considere de su responsabilidad. Todos los estados tienden así a tener ciertas instituciones (legislativas, ejecutivas, judiciales) para uso interno, además de fuerzas armadas para su seguridad externa, funciones que requieren un sistema destinado a recabar ingresos. En varios momentos de la historia, la presencia del Estado en la vida de los ciudadanos ha sido mayor que en otros. En los siglos XIX y XX la mayoría de los estados aceptó su responsabilidad en una amplia gama de asuntos sociales, dando con esto origen al concepto de Estado de bienestar. Los estados totalitarios, como la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y la Alemania nacionalsocialista, se atribuyeron un derecho, a menudo compartido con un partido hegemónico y único, de regular y controlar pensamientos y opiniones. Estas prácticas plantean cuestiones importantes en lo que a la legitimidad de los estados se refiere. Desde la aparición de las ciudades Estado en la antigua Grecia, pensadores políticos y filósofos han discutido la verdadera naturaleza y fines reales del Estado. Con el paso de los siglos, y en la medida en que la tecnología y la evolución administrativa lo fueron permitiendo, estos pequeños estados, concebidos por Platón y Aristóteles más como una comunidad pequeña que como el marco donde se desarrolla la actividad política de la vida humana, fueron sustituidos por entidades territoriales cada vez mayores. Los requisitos militares de crear y mantener dichas entidades se inclinaron hacia el desarrollo de sistemas autoritarios, y algunos autores enfatizaron acerca del necesario sacrificio de la libertad individual en beneficio de las necesidades del orden colectivo, ejercido con el respeto hacia el bienestar de todos los grupos de la sociedad. A partir de los siglos XVI y XVII, la tendencia a identificar al Estado con pueblos dotados de un cierto grado de identidad cultural común corrió pareja con una búsqueda de la legitimidad derivada de la voluntad e intereses de esos pueblos. Así la aparición de facto del nacionalismo, identificado con la consecución del Estado nacional fue fundamental durante la Revolución Francesa. La contribución ideológica en este aspecto de Jean-Jacques Rousseau y Georg Wilhelm Friedrich Hegel produjo a su vez una cierta sacralización de la nación como entidad moral capaz de conferir legitimidad tanto a sí misma como a sus acciones. La reacción a algunos de los excesos surgidos del conflicto entre estados nacionales que esta postura inspiró durante los siglos XIX y XX preparó por su parte un substrato ideológico para el internacionalismo de finales del siglo XX y para los conceptos de seguridad colectiva, comunidades internacionales económicas y políticas, además de diversas formas de trasnacionalismo. Esto ha supuesto un desafío al propio concepto de Estado como forma preferida de organización política. En las postrimerías del siglo XX la globalización de la economía mundial, la movilidad de personas y capital, y la penetración mundial de los medios de comunicación se han combinado con el propósito de limitar la libertad de acción de los estados. Estas tendencias han estimulado un vivo debate sobre si el Estado puede retener algo de esa libertad de acción que se asociaba en otros tiempos a la soberanía. Estas limitaciones informales a la independencia vienen acompañadas en algunas áreas, en especial Europa occidental, de proyectos de integración interestatal, caso de la Unión Europea, considerado por unos como una alternativa al Estado nacional y por otros como la evolución de nuevos y mayores estados. Sea cual sea el efecto de este proceso, el concepto clásico de Estado como entidad en cierto modo cerrada, cuyas transacciones internas son mucho más intensas que sus actividades interestatales, ha pasado a la historia conforme han ido surgiendo nuevas formas de colaboración e integración interestatal más flexibles.
Estados Bálticos Estados Bálticos, denominación dada a las repúblicas independientes de Estonia, Letonia y Lituania. Situadas a lo largo de la costa este del mar Báltico, los tres países tienen un tamaño parecido, y sus capitales son Tallin, Riga y Vilna, respectivamente. Al norte, el golfo de Finlandia separa Estonia de Finlandia, que a veces se incluye en los estados bálticos. Letonia y Lituania limitan con Rusia, Bielorrusia y Polonia. Aunque los tres países bálticos tienen cultura, historia y lenguas distintas, la geografía de la región los une. Están formados en su mayor parte por una suave llanura, con colinas redondeadas y un gran número de pequeños ríos y lagos, predominando las marismas y zonas pantanosas. Las principales masas de agua son el lago Peipus, en la frontera oriental de Estonia con Rusia, y el lago Võrtsjärv, al sureste de Estonia. El río Nemunas abastece a Lituania de energía eléctrica. El río Daugava (o Dvina Occidental) cruza Letonia y desemboca en el golfo de Riga, en el mar Báltico. A lo largo de la costa hay largas playas de arena. Alrededor de una cuarta parte de la región está cubierta de bosque; ciervos y jabalíes forman parte de la fauna del lugar. La actividad económica principal es la agricultura y entre sus cultivos destacan la cebada, el centeno y el lino. Los estados bálticos proclamaron su soberanía como repúblicas en el año 1918, aunque estuvieron de cierta forma anexionados a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) hasta que durante la II Guerra Mundial fueron ocupados por Alemania. Tras la guerra, se reincorporaron a la antigua Unión Soviética hasta lograr cada uno de ellos su independencia en 1991.
Estados de conciencia Estados de conciencia, no hay una definición simple y consensuada de la conciencia. Ciertas definiciones tienen una orientación tautológica (por ejemplo, identificar la conciencia con el estado de vigilia) o puramente descriptiva (la conciencia como conjunto de percepciones, pensamientos o sentimientos). Además del problema de su definición, el concepto de conciencia ha tenido una historia accidentada. Aunque fue el principal tema de estudio de la psicología durante bastante tiempo, cayó luego en el olvido para resurgir en la actualidad como un área en constante debate.
Las principales disertaciones filosóficas sobre la conciencia partieron de la dicotomía cerebro-mente planteada por el filósofo y matemático francés René Descartes en el siglo XVII. Descartes se preguntaba si la mente, o la conciencia, son entidades independientes de la materia, si la conciencia tiene o no una realidad física, y si es autónoma o por el contrario está predeterminada. Filósofos ingleses como John Locke la identificaron con las sensaciones físicas y la información percibida a través de éstas, mientras que otros filósofos como Gottfried Wilhelm Leibniz e Immanuel Kant otorgaron un papel más activo a la conciencia. El filósofo con influencia más notable en el ulterior estudio y exploración de la conciencia fue el profesor alemán Johann Friedrich Herbart, quien en el siglo XIX planteaba que las ideas tienen propiedades cualitativas y de intensidad, que se pueden potenciar o debilitar. De este modo, las ideas pueden existir como estados de realidad (estado consciente) o estados de tendencia (estado inconsciente). La frontera entre ambas sería el umbral de la conciencia. Este planteamiento de Herbart es el precedente del desarrollo, por parte del psicólogo y fisiólogo alemán Gustav Theodor Fechner, de la medición psicofísica de los umbrales perceptivos y del desarrollo posterior del concepto de subconsciente por parte de Sigmund Freud.
El análisis experimental de la conciencia tiene su origen en 1876, año en que el psicólogo alemán Wilhelm Wundt puso en funcionamiento su laboratorio de investigación. Para Wundt, la tarea principal de la psicología era el estudio de la estructura de la conciencia, que abarca no sólo el campo de las sensaciones sino también el de los sentimientos, las imágenes, la memoria, la atención, la percepción del tiempo y el movimiento. Debido a que el estudio se centraba en los contenidos y la dinámica de la conciencia, no es extraño que la principal herramienta de estudio fuera la introspección: el propio sujeto refiere o analiza el contenido de su conciencia. Este enfoque introspectivo tuvo su apogeo con el psicólogo estadounidense Edward Bradford Titchener en la Universidad de Cornell. Con el objetivo de describir la estructura de la mente, Titchener se preocupó por individualizar los elementos de la conciencia a través de la exploración introspectiva de su propia conciencia. Por ejemplo, el sabor era el resultado de la interacción de cuatro categorías básicas: dulce, amargo, salado y agrio. Este enfoque fue conocido como estructuralismo. En la década de 1920, se produjo un brusco cambio de orientación en el campo de la psicología que relegó el interés en la exploración de la conciencia a un segundo plano durante unos cincuenta años, centrándose en otra área: el conductismo. El principal responsable de este movimiento fue el psicólogo estadounidense John Broadus Watson. En un artículo de 1913, escribió: “Creo que se puede escribir un tratado de psicología sin utilizar nunca los términos conciencia, estado mental, mente u otros de la misma categoría”. La psicología centró así su atención en el comportamiento, descrito en términos de estímulo y respuesta, dejando a un lado el estudio de la conciencia. Una revisión de ocho importantes tratados de introducción a la psicología publicados entre 1930 y 1960 reveló que en cinco de ellos no se mencionaba el concepto de conciencia, mientras en dos sólo se hacía referencia como curiosidad histórica.
Sin embargo, desde finales de la década de 1950, reapareció el interés por el estudio de la conciencia, y de una manera concreta por los aspectos y técnicas relacionados con los estados alterados de la conciencia: los sueños, la meditación, los mecanismos de realimentación (o bio-feed-back), la hipnosis y los estados inducidos por drogas. El impulso en la investigación del sueño y la actividad onírica estuvo influido por un hallazgo relacionado con la naturaleza de la conciencia, al descubrirse un indicador fisiológico del estado de ensoñación: a intervalos de unos 90 minutos, aparece una fase de movimientos oculares rápidos (Rapid Eye Movement: REM) que coinciden con unas ondas cerebrales encefalográficas similares a las que se observan en el estado de vigilia. Si se despierta al sujeto durante esta fase REM, casi siempre es capaz de recordar sueños, lo que no ocurre cuando es despertado en otras fases. Éste, y otros descubrimientos, demostraban con claridad que el sueño debía considerarse como un estado activo, y no pasivo, de conciencia. En la década de 1960, la búsqueda de un estado más elevado de conciencia a través de la meditación se tradujo en un interés creciente en la práctica del budismo zen y el yoga procedentes de culturas orientales. En Estados Unidos se extendió la práctica de programas de entrenamiento autodirigidos, basados en la relajación física y la atención dirigida, como la meditación trascendental. Las técnicas de bio-feed-back también se popularizaron. En ellas, el sujeto trata de someter a un control voluntario ciertos sistemas orgánicos involucrados en el control de la presión arterial o la temperatura corporal para de este modo controlar ciertas respuestas. Por ejemplo, se descubrió que este entrenamiento permite controlar hasta cierto punto el patrón de las ondas cerebrales, sobre todo en los llamados ‘ritmos alfa’, relacionados con estados de relajación y meditación. Este hecho fue relevante para las personas interesadas en la meditación y el estudio de la conciencia, y promovió muchos programas de ‘entrenamiento alfa’. Durante la década de 1960 mucha gente tuvo contacto con los psicofármacos conocidos como alucinógenos, que inducen alteraciones de la conciencia. Los fármacos más conocidos de este grupo son la dietilamida del ácido lisérgico, o LSD, la mescalina (o peyote), y la psilocibina (alucinógeno aislado de hongos del género Psilocybe). Estos últimos se conocen también por su asociación con determinadas ceremonias religiosas de ciertas culturas. El LSD, debido a su capacidad de alterar el funcionamiento mental, llamó la atención porque se le atribuía la propiedad de optimizar el funcionamiento de la mente, y por sus efectos psicomiméticos (capacidad de producir cuadros semejantes a las psicosis). Sin embargo no se ha demostrado ningún uso práctico de estas drogas, y su utilización es muy restringida. Otro foco de interés en relación con los estados alterados de conciencia es la hipnosis, que implica la transmisión de contenidos de conciencia de un individuo a otro al que se pretende influir. El hipnotismo ha tenido una historia larga y tortuosa tanto en medicina como en el folclore popular y se ha estudiado mucho en psicología. Se conocen muchos aspectos del estado hipnótico relativos a la personalidad del individuo y la tendencia a la sugestión, lo que ha permitido su desmitificación y puesto en evidencia las limitaciones de este método. En cualquier caso, y a pesar de la utilización creciente del hipnotismo, todavía queda mucho por saber sobre este peculiar estado de conciencia.
Mientras los estudios sobre la relación entre el entorno y el comportamiento han ido perdiendo fuerza en estas últimas décadas, el interés reciente en los estados alterados de conciencia puede considerarse como un signo de la revitalización del estudio sobre la conciencia. Ha quedado demostrado que los individuos son responsables directos de sus acciones y de su comportamiento. El entorno, los castigos y las recompensas no se definen únicamente en un contexto físico. La memoria y los recuerdos son almacenados de una manera organizada, y no al azar. Toda una rama reciente de la psicología, la psicología cognitiva, estudia estos aspectos. La psicología infantil estudia, en profundidad, cómo se percibe o interpreta el mundo en las distintas etapas del desarrollo. En el comportamiento animal se estudian las diferentes características que han moldeado a cada especie animal para responder de manera adaptativa al medio. Los psicólogos de corte humanístico han resurgido después de un prolongado silencio. Con la aparición de la psicología clínica e industrial se ha otorgado una gran importancia al estado de conciencia del individuo en función de sus pensamientos y de sus sentimientos cotidianos. Aunque el papel de la conciencia ha sido relegado con frecuencia en favor de las motivaciones y pulsos del subconsciente, la línea actual de investigación plantea el estudio y la comprensión de la naturaleza de los distintos estados de conciencia.
Estados Generales (Francia) Estados Generales (Francia), asamblea nacional de representantes de la Francia prerrevolucionaria, anterior a 1789. Su función principal era dar su aprobación al sistema tributario real. Sus miembros estaban divididos en tres clases o estados: el clero, la nobleza (ambos minoritarios) y el tercer estado, que representaba a la gran mayoría del pueblo. Los Estados Generales, convocados por primera vez por el rey Felipe IV en 1302, alcanzaron su mayor poder en el siglo XIV y comienzos del XV. La monarquía comenzó a encontrar otras fuentes de ingresos durante el reinado de Carlos VII y fue retirando su confianza a esta cámara. Después de 1614, la asamblea no volvió a reunirse hasta 1789, cuando Luis XVI congregó a sus miembros para hacer frente a la crisis financiera en que estaba sumida Francia inmediatamente antes del estallido de la Revolución Francesa. En junio de 1789, el tercer estado, al que se sumaron algunos miembros del clero y de la nobleza, comenzó la Revolución al desafiar al rey y erigirse en Asamblea Nacional. Estados Pontificios Estados Pontificios, territorio italiano que estuvo bajo la autoridad directa y temporal del papa desde el 756 hasta 1870. También reciben la denominación de territorios del Papado. Los papas pasaron a ser los gobernantes de la ciudad de Roma y de las zonas circundantes hacia el siglo VI d.C. Este dominio fue cedido oficialmente al papa Esteban II por Pipino el Breve, rey de los francos, en el 756 como agradecimiento por haberle nombrado rey. Sus posesiones se fueron ampliando mediante diversas donaciones, adquisiciones y conquistas, recibiendo en conjunto la denominación de Patrimonio de San Pedro. Finalmente los Estados Pontificios llegaron a abarcar prácticamente toda la zona central de Italia, alcanzando su mayor extensión en el siglo XVI. La mayor parte de las anexiones se mantuvieron bajo el poder del papado hasta 1797, año en que las tropas francesas de Napoleón Bonaparte se apoderaron de este territorio, creando la República Romana. En 1801 el papa Pío VII recuperó parte de su poder y en 1815 el Congreso de Viena restituyó casi todas sus antiguas posesiones al Papado y mantuvo esta zona bajo la protección de Austria. Los Estados Pontificios se disolvieron definitivamente en 1870, cuando Víctor Manuel II los anexionó al reino unificado de Italia, incluida Roma. La juridiscción del papado quedó reducida al Vaticano, en el que cada uno de los sucesivos papas permaneció como prisionero voluntario en protesta por la ocupación italiana hasta 1929, cuando quedó reconocida la soberanía independiente y completa de la Santa Sede en la Ciudad del Vaticano en virtud de los Pactos de Letrán.
Pará (estado) Pará (estado), estado brasileño situado en la región Norte, atravesado por la línea del ecuador y por el río Amazonas. Limita al norte con Guyana, Surinam y el estado del Amapá; al noreste con el océano Atlántico; al este con los estados de Maranhão y Tocantins; al sur con el estado de Mato Grosso, y al oeste con el estado de Amazonas y Roraima. Tiene una superficie de 1.253.164 km², lo que le convierte en el segundo estado de Brasil en cuanto a extensión, el equivalente al 14% del territorio nacional. Su capital es la ciudad de Belém (con una población de 1.408.847 habitantes en 2007), el mayor puerto de la Amazonia.
El aspecto físiográfico predominante en Pará lo impone el río Amazonas, que atraviesa 800 km del estado, de oeste a este, hasta alcanzar el océano Atlántico, con una descarga que equivale a la cuarta parte de las aguas que vuelcan en los océanos todos los ríos del mundo. Recibe por la margen derecha a sus grandes tributarios, el Tapajós, el Xingu y el Tocantins; por la margen izquierda, a los ríos Trombetas, Paru y Jari. En la ribera del Amazonas, cerca de la frontera con el estado homónimo, se encuentran numerosos lagos, como el Grande y el de Curaí. En la desembocadura del Amazonas se encuentra la isla de Marajó, con una superficie de 42.964 km2. El río Tocantins se corresponde con la mayor parte del río Pará en el lado sur de la isla, mientras que la corriente principal del Amazonas discurre por el norte. Los ríos Pará y Amazonas están ligados por numerosos canales. El territorio del estado abarca cuatro regiones geomorfológicas diferentes: tierras bajas o vega del valle del Amazonas; tierra firme o bajas altiplanicies sedimentarias terciarias; depresiones formadas en los basamentos cristalinos en la Amazonia septentrional y meridional; y, finalmente, altiplanicies residuales de la Amazonia septentrional y meridional. La humedad y la temperatura son muy elevadas en el estado de Pará, como lo demuestra el hecho de que las temperaturas medias anuales están por encima de los 26 °C. Hay grandes oscilaciones térmicas entre el día y la noche, principalmente en el interior, debido al fenómeno de la continentalidad, pero las variaciones anuales son pequeñas y solamente las marca la mayor o menor presencia de lluvias. Predomina en todo el estado la floresta amazónica con dos rasgos distintivos: la vegetación de tierra firme, en la que sobresale el castaño, y la de la ribera, donde crece la siringa. También se encuentra vegetación de campos en Marajó y vegetación de sabana en el sur.
Manganeso en la cuenca del río Vermelho, afluente del Itacaiuna, bauxita en el valle del Trombetas, piedra calcárea en Itaituba y Marabá y sal gema en el curso medio del Amazonas son las grandes riquezas de la región. El estado se destaca, además de por las industrias extractivas minerales ya mencionadas, por la explotación maderera, la cría de bovinos y de búfalos, el cultivo de arroz, yute, mandioca, pimienta y sisal y la producción de castaña, látex, plantas oleaginosas y animales salvajes.
El territorio del actual Pará, que por el Tratado de Tordesillas debería haber pertenecido a la Monarquía Hispánica, no comenzó a ser colonizado hasta finales del siglo XVI, con la unión de las monarquías ibéricas (que se prolongó entre 1580 y 1640). Este impulso se produjo, en gran medida, porque la desembocadura del Amazonas estaba siendo ocupada por holandeses, ingleses y franceses, quienes construyeron fuertes y pequeños núcleos de población para la explotación de las ‘drogas del sertão’ (maderas, animales salvajes). Después de la expulsión de los franceses de la isla de São Luís, en Maranhão, el gobierno portugués fundó el fuerte de Presépio, origen de la futura Belém, en enero de 1616, creó el estado del Grão Pará y Maranhão —que se separó del estado de Brasil en 1621— e incentivó la cosecha de las ‘drogas del sertão’, el cultivo de la caña de azúcar, el algodón, el café, el cacao y la llegada de colonos. Encaró, además, la evangelización de la inmensa población indígena existente con la instalación en el territorio de varias órdenes religiosas. Surgieron muchos conflictos entre misioneros y colonos por la explotación de la mano de obra indígena, lo que motivó la expulsión del padre António Vieira en 1661. Más tarde, se creó la Compañía General del Comercio del Grão Pará y Maranhão para el fomento de la región y se introdujeron esclavos negros procedentes de África. Como los conflictos perduraron, Pombal expulsó a los jesuitas, proclamó la libertad de los indígenas y publicó el Diretório dos Indios (1758), por el que se establecía la autoridad civil sobre las misiones. Durante el siglo XVIII se aceleró el progreso de Pará con la llegada de muchos colonos de las islas Azores y se elevaron varios núcleos a la categoría de villas. En el siglo XIX, la provincia del Pará se vio envuelta en conflictos armados, conocidos como la ‘Cabanagem’, y llegó a proclamar la separación del resto de Brasil. A finales de ese siglo, y durante el primer cuarto del siglo XX, la explotación del látex dio un nuevo impulso a la región. El estancamiento económico posterior que siguió al retroceso en el comercio del látex sólo consiguió frenarse con una política gubernamental consistente en crear órganos públicos especialmente dedicados a la Amazonia. En 1953 se creó la Superintendencia del Plan de Valorización de la Amazonia (SPVEA), con la inversión de numerosos recursos y la elaboración de proyectos. En la década de 1970, la apertura de grandes carreteras, como la Belém-Brasilia y la Transamazónica, y la creación de núcleos agrícolas, tuvieron como finalidad integrar a la región junto con las otras del país y fomentar su población. El descubrimiento de importantes yacimientos en la región de la serra dos Carajás, sobre todo de hierro y oro, desplazó un nuevo contingente poblacional llegado del Nordeste y de otras regiones del país, lo que provocó numerosos conflictos sociales. Población del estado (2005), 6.970.586 habitantes.
Estados Confederados de América Estados Confederados de América o Confederación Sudista, nombre adoptado por la federación de once estados esclavistas del sur de Estados Unidos que se separaron de la Unión y se aliaron para luchar contra el gobierno federal durante la Guerra Civil estadounidense. La asamblea de Carolina de Sur se reunió tras la elección de Abraham Lincoln como presidente decidiendo por unanimidad abandonar la Unión tras una votación celebrada el 20 de diciembre de 1860. Durante los dos meses siguientes, los estados de Mississippi, Florida, Alabama, Georgia, Luisiana y Texas aprobaron sus respectivos decretos de secesión. El presidente James Buchanan declaró en los últimos días de su mandato que el gobierno federal no utilizaría la fuerza para impedir las secesiones. Los estados secesionistas enviaron representantes al Congreso celebrado en Montgomery (Alabama) en febrero de 1861. Esta asamblea promulgó una Constitución provisional y eligió a Jefferson Davis, delegado de Mississippi, y a Alexander Hamilton Stephens, de Georgia, como presidente y vicepresidente provisionales respectivamente. El 11 de marzo de 1861, este Congreso ratificó por unanimidad una Constitución permanente, de características similares a la federal, en la que se prohibía el tráfico de esclavos con África, pero se permitía el comercio interestatal de esclavos. La primera tarea asumida por este gobierno fue prepararse para el inminente conflicto militar. Entre el 30 de diciembre de 1860 y el 18 de febrero de 1861, los Estados Confederados habían tomado once fuertes y arsenales entre Carolina del Sur y Texas y habían atacado Fort Sumter, situado en Carolina del Sur. En su discurso de apertura del 4 de marzo de 1861, Lincoln rechazó el derecho de secesión pero intentó la reconciliación con el Sur. Las negociaciones para solucionar el conflicto de Fort Sumter fracasaron y los confederados comenzaron a bombardear el fuerte el 12 de abril. Tres días después, Lincoln comenzó el reclutamiento de voluntarios para sofocar la insurrección. Entre abril y mayo, Virginia, Arkansas, Tennessee y Carolina del Norte se unieron a la Confederación. El Congreso Confederado provisional fue reemplazado por una Asamblea permanente el 18 de febrero de 1862. La capital de la Confederación se trasladó de Montgomery a Richmond (Virginia) el 24 de mayo de 1861. Davis y Stephens fueron reelegidos presidente y vicepresidente, respectivamente, en las primeras elecciones generales convocadas de acuerdo con la Constitución del 6 de noviembre de 1861. Davis fue investido presidente en febrero de 1862 para un mandato de seis años. Aunque la organización política de la Confederación era casi idéntica a la de la Unión, el estallido de la guerra acentuó las acusadas diferencias entre ambas facciones. Al comienzo del conflicto, la Confederación tenía una población de 9 millones de habitantes, entre los que se encontraban más de 3,8 millones de esclavos. La población del territorio leal a la Unión era de 22 millones, de los cuales sólo 500.000 eran esclavos. El proceso por el cual la Confederación volvió a formar parte de la Unión, una vez acabada la guerra, se denominó Reconstrucción. En 1869, la Corte Suprema de Estados Unidos declaró inconstitucional la secesión. Estados Unidos Mexicanos Estados Unidos Mexicanos, denominación oficial dada a la República Mexicana por vez primera en mayo de 1917, de acuerdo con el artículo 1º de la Constitución promulgada ese mismo año.
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